Las Letanías de los Santos son la letanía más antigua y solemne de la Iglesia Católica. Sus raíces se remontan a los primeros siglos — fragmentos de la forma aparecen en libros litúrgicos occidentales del siglo VII, y el Papa Gregorio Magno instituyó las grandes procesiones letánicas de Roma en el año 590, pidiendo a los fieles que invocaran a los santos por nombre en súplica durante una pestilencia. Las letanías se convirtieron en parte de la liturgia bautismal de la Vigilia Pascual al menos para el siglo VIII. Su texto actual en el rito romano fue fijado formalmente por el Papa Pío V en 1568 y revisado en la reforma litúrgica post-Vaticano II (1969). La estructura se despliega en cinco movimientos principales: (1) Invocaciones del Kyrie eleison y peticiones trinitarias; (2) la gran lista de santos por nombre — primero la Santísima Virgen María, luego los arcángeles (Miguel, Gabriel, Rafael), patriarcas y profetas (Abraham, Moisés, Elías, Juan el Bautista), apóstoles y evangelistas (Pedro, Pablo, Andrés, Juan, Santiago, etc.), mártires (Esteban, Lorenzo, Policarpo, Ignacio de Antioquía, Cipriano, Sebastián, Águeda, Inés), obispos confesores y doctores (Atanasio, Basilio, Gregorio, Agustín, Jerónimo, Ambrosio), fundadores y vírgenes (Antonio del Desierto, Benito, Francisco, Domingo, Catalina de Siena, Teresa de Ávila); (3) peticiones de liberación («De todo mal, líbranos, Señor»); (4) peticiones de súplica («Para que gobiernes y conserves tu santa Iglesia, te rogamos óyenos»); (5) Agnus Dei final y colecta. Las letanías son una de las principales oraciones de la liturgia católica y se usan en: la Vigilia Pascual (durante la Liturgia del Bautismo), bautismos del Sábado Santo, ordenaciones sacerdotales y episcopales (los candidatos yacen postrados mientras la Iglesia reunida canta las letanías sobre ellos), el Rito de Iniciación Cristiana de Adultos (RICA) en el Rito de Elección, la dedicación de una iglesia, la consagración de altares, y la profesión de votos religiosos. También es habitual en muchas parroquias en la Solemnidad de Todos los Santos (1 de noviembre), en funerales de sacerdotes y religiosos, en momentos de grave necesidad pública (guerra, pandemia, desastre natural), y como oración final de procesiones de peregrinación. La diócesis o comunidad local también es libre de añadir a los santos patronos de la iglesia local.